Y cuando se palpa la ansiedad

Hacía tiempo que no me encontraba en una situación donde la ansiedad y el nerviosismo se podía palpar en el ambiente.

Y quién lo iba a decir que pasaría tanto tiempo sin acordarme de los nervios que puede provocar un examen en tu vida. Doy gracias (egoístamente) que no era yo la que los sufría.

Me explico, el otro día acompañé a mi hija al examen práctico de conducir. Cuando llegué había un montón de jóvenes y, algún que otro no tan joven, lucían en sus caras esa expresión de angustia combinada con nerviosismo que recuerdo haber tenido en los exámenes más importantes de mi vida.

Estuve un buen rato sentada observando desde la tranquilidad que me aportaba no ser uno de ellos, y la verdad, es que no pude menos que sentir empatía por los presentes.

Vi llegar a los examinadores con sus caras de «aquí el poder lo tengo yo» (ya sabéis que no me gusta generalizar, pero no vi empatía en ninguna de sus caras) y con su actitud de desgana ante un día más. Me dieron ganas de gritarles, de decirles que todas esas personas lo único que necesitaban era un buenos días o una pequeña sonrisa de ánimo, pero ellos se subían a los coches, con sus caras de a ver donde la fastidias y así es que no hay Dios que apruebe.

A una pobre chica ni siquiera la dejaron encender el motor, le dijeron que su posición no era correcta y ¡ale!, pa’ casa.

Entiendo que es su trabajo, pero también creo que hay trabajos en los que la empatía es lo mínimo que se puede ofrecer. Evidentemente, si no lo hacen bien no aprueban, pero es que ¡A ver quién es el guapo que lo hace bien bajo tanta presión!

La gran mayoría hemos pasado por eso y en mi época no era diferente, pero verlo desde fuera me impresionó bastante.

Hay trabajos y trabajos, pero esto es como si estás de cara al público y como tienes un mal día le hablas mal a los clientes, lo más seguro es que no vuelvan, pero es que ellos no tienen la culpa de tu mal día. En este caso, los clientes tienen que volver si o si para obtener el carnet de conducir, de ahí el poder que obtiene el examinador.

¿Cómo fue vuestro examen de conducir?

Y llegó la Navidad

Yo no sé si es cosa de la edad, de mi subconciente o de mi imaginación, pero me da la sensación de que cada año la Navidad llega antes.

Y quién lo iba a decir que a 15 de noviembre iba a estar ya tan presente la Navidad.

A las 7 de la mañana he llevado a mi hijo al instituto y he alucinado cuando he visto un montón de comercios con los árboles de Navidad decorando ya los escaparates.

Por un momento he pensado que eran imaginaciones y que todavía estaba dormida, pero no, mi hijo también lo veía jaja.

No soy excesivamente religiosa, pero me parece que la Navidad tiene unas fechas concretas y no entiendo por qué nos empeñamos en cada vez se avancen más, cuando realmente llega la hora de las celebraciones yo ya estoy harta de tanta Navidad. No lo disfruto como años atrás que esperabas impaciente para poner los adornos, para preparar los regalos, las cenas con la familia y los amigos… para mí está empezando a cobrar sentido la letra de Melendi que dice: la Navidad la ha inventado el Corte Inglés.

Anuncios en la tele tres meses antes de perfumes, juguetes, turrones, bebidas… ¡Pero si hasta puedes comprar números de la lotería de Navidad en agosto!

Supongo que la influencia americana también tiene mucho que ver en todo esto porque no nos olvidemos que el Black Friday ha pasado a ser el Black Month, venga descuentazos (dicen ellos) a diestro y siniestro para que adelantes tus compras de Navidad y de esta manera los comercios se aseguran de tener sus arcas llenas a priori de la campaña.

En fin, todo va a parar al mismo sitio: consumismo puro y duro.

No sé a vosotr@s, pero, para mí, todo esto hace que la Navidad pierda su encanto. ¿Os pasa lo mismo?

Photo by Robert Linder on Unsplash

Y llegó la oscuridad

Como bien se suele decir todo llega, pero hay cosas que no me gusta que lleguen.

Y quién lo iba a decir que cada año me iba a costar más acostumbrarme a esto del cambio horario.

No son ni las seis de la tarde y ya es de noche. Creo que ya lo he dejado caer en alguna otra ocasión, pero a mí me mata la falta de luz natural. A la que se hace de noche dejo de ser persona y me cuesta hasta moverme, me quedaría toda la tarde sentada en el sofá con la manta y un buen libro o cualquier serie en la tele.

Hace escasamente dos semanas se puede decir que a estas horas empezaba los paseos con mi perro, no hacía ni calor ni frío, podíamos alargar el paseo más de una hora y llegaba a casa con ganas de continuar moviéndome.

Sin embargo ahora, al no tener luz, los paseos son más cortos, no podemos ir por caminos por qué no se ve, por el paseo marítimo ya empieza a hacer frío y no apetece…

A pesar de que me lo han explicado varias veces, sigo sin entender porqué cambian la hora, se me escapa completamente los motivos que pueden llevar a los gobiernos a querer que se haga antes de noche, no obstante estoy segura de que sus motivos tendrán y no son para beneficiar al ciudadano.

Voy a intentar activarme porque me veo ya con la manta en el sofá.

¿A vosotr@s también os pasa o lleváis mejor la oscuridad?

Y cuando no sabes por qué lo haces

Hay situaciones en las que haces cosas que sabes que no son lo mejor en ese momento, pero no lo puedes evitar.

Y quién me iba a decir que sabiendo que no me estaba haciendo ningún bien lo iba a hacer.

Cada vez estoy más convencida que el ser humano es raro. Si no que me expliquen por qué cuando estamos deprimidos lo único que hacemos son cosas que nos hacen deprimir más (al menos a mí).

En lugar de ponernos activos y hacer cosas que nos suban la moral nos ponemos a escuchar esas canciones deprimentes que nos hacen llorar, a mirar esas fotos antiguas que nos llenan de nostalgia y nos recuerdan tiempos mejores, te plantas delante de la tele y haces un maratón de pelis de esas que no paras de llorar y, no sé si será por la influencia de las películas americanas, pero te hinchas a comer helado sabiendo que después cuando te subas a la báscula ¡Sí que te vas a deprimir!

Pero ya sabéis que a mí me encanta informarme y me he quedado más tranquila cuando, parece ser, que la base científica es que el helado contiene un aminoácido denominado Triptófano que aumenta los niveles de serotonina (una de las hormonas encargadas de hacernos más felices). De este modo, se inhiben los síntomas de la depresión, se contrarrestan los estados de agresividad o tristeza y, en consecuencia, nos sentimos emocionalmente satisfechos.

Así que yo me voy ahora mismo al congelador a por el mío ¿Y vosotr@s?

Photo by Fallon Michael on Unsplash

Y ha pasado un año…

Hay cosas en esta vida que nunca te planteas y cuando lo haces no sabes ni cómo lo has hecho.

Y quién lo iba a decir que yo iba a dejar de fumar. Sí, porque yo siempre he sido de esas personas que disfrutaba fumando, ni siquiera me planteaba dejar de hacerlo.

En el momento en que me dijeron que me iban a operar del corazón decidí que el día que ingresará en el hospital me fumaría mi último cigarro. Y ni yo misma me lo creo, pero así fue. Con la mochila colgada al hombro y preparada para entrar por la puerta del hospital me fumé lo que sabía que era mi último cigarro.

Tengo amigos que llevan muchos años intentando dejar de fumar, han probado de todo, pastillas, hipnosis, fuerza de voluntad, prácticas de relajación, chicles, parches de nicotina…, y nada, al poco vuelven a fumar. Yo nunca lo había probado porque no tenía ni la más mínima intención de dejarlo. Tengo que aclarar que hablo de amigos que fuman bastante, yo me fumaba medio paquete al día… ¡Pero cómo lo disfrutaba!

Bueno, a lo que voy, desde ese día ni siquiera he tenido la tentación de encender un cigarro. No lo he echado en falta. Incluso he pasado a ser como muchos exfumadores, antes no notaba el olor a tabaco, pero ¿ahora? Lo huelo a leguas. No me molesta, pero es curioso como antes cuando alguien me decía: ¡Qué peste a tabaco! Yo me los miraba y pensaba: Qué exagerada es la gente, pero ahora, lo entiendo perfectamente.

Recuerdo que estando en la unidad de críticos, toda orgullosa por mi decisión le dije al médico: Doctor, he dejado de fumar. Me miró con media sonrisa en la cara y me contestó: Enhorabuena, eso siempre es bueno, aunque tu problema de corazón no tiene que ver nada con el tabaco. ¡Me quedé a cuadros! Pero una vez tomada la decisión no iba a volver atrás.

Ahora puedo decir orgullosa que hoy hace un año que dejé de fumar y espero poder decirlo muchos más años.

¿Vosotr@s habéis pasado por esta situación? ¿Cómo lo hicisteis?

Y cuando no todo es correcto

Doy gracias por pertenecer a la clase media porque ya convivo con demasiados temas en el día a día como para tener que preocuparme de normas de etiqueta.

Y quién lo iba a decir que sentarse en una mesa comportaba tantas normas.

El otro día, después de tanto tiempo sin poder hacerlo, nos juntamos un grupo de amigos para cenar. En el restaurante se retrasaron algunos de los platos por lo que unos tenían comida y otros no. Los que todavía no tenían la comida le decían a los que sí, que empezaran que la comida fría no vale nada, etc., etc. Y ahí empezó la polémica ¿Qué es lo correcto?

Gracias a Dios, no suelo tener que ir a muchas comidas o cenas de compromiso de esas en las que tienes que cumplir con lo que se considera correcto, normalmente vamos con amigos donde se trata de disfrutar de nuestra compañía no de mirar si uno ha puesto los codos en la mesa o no.

Entiendo que los que estén acostumbrados ya sale por sí solo, pero a mí me estresa mucho, porque si te lo paras a pensar hay un montón de cosas que no se pueden o deben hacer, algunas de «cajón» y otras que tienes que pensar antes de hacerlo.

Los codos no pueden estar encima de la mesa, no puedes empezar antes que el resto de comensales (digo yo que alguien tendrá que ser el primero jaja), no hacer ruido al comer (sí, por favor, esa sí que la encuentro supernecesaria), cortar el trozo de comida que te vas a comer en el momento (yo soy de las que si quema mucho lo corto todo para que se vaya enfriando 😬 🙄), beber cuando no tienes comida en la boca (beber y hablar claro), no inclinarse sobre el plato, no levantarse hasta que todos hayan terminado y, por supuesto, la nueva norma de oro con la que estoy totalmente a favor, mantén el móvil en silencio.

No nos olvidemos de lo que se puede comer con las manos y lo que no. Parece ser que gambas, langostinos, etc. se puede con las manos, pero yo veo muchas veces a la gente hacerlo con los cubiertos.

Otro tema que no tiene desperdicio es el de la posición de los cubiertos en el plato, pero eso ya da tema para otro post.

Mi opinión es que lo mejor es esperar a ver que hacen los demás y así vas sobre seguro.

¿Vosotr@s os habéis encontrado con esta situación?

Y cuando por mucho que lo intentes…

Está claro que hay cosas en esta vida para los que muchos no hemos nacido (en mi caso bastantes jajaja) pero yo lo sigo intentando.

Y quién me iba a decir a mí que a mis 50 años iba a seguir luchando para hablar inglés.

Llevo casi toda mi vida estudiando inglés. Es una de esas cosas que creo que, en la época que vivimos, es supernecesaria todo y que siendo realistas la gran mayoría de la población mundial habla hispano así que ahí lo dejo.

Cuando yo estaba en el colegio se estudiaba francés. Me compré el libro con toda la ilusión del mundo por empezar a estudiar otro idioma y después del primer día de clase la profesora nos informó de que a partir de la siguiente lección empezaríamos a estudiar inglés. A mí me daba igual, a mí me hacía gracia aprender otro idioma fuera cual fuese así que lo cogí con todas mis ganas.

Pero el inglés se resistió a entrar en mi cabeza. Sería porque la profesora tampoco se puede decir que supiera mucho, sería porque el inglés que te enseñaban en el colegio era muy básico… el caso es que yo no avanzaba. Así que ya de más mayor me apunté a diferentes academias. Y ni con esas, nunca avanzaba.

Quiso el destino que entrara a trabajar en un departamento de Cooperación Internacional donde el inglés era el pan nuestro de cada día. Teníamos becarios de varios países y, todo y que ellos venían a aprender el castellano, siempre intercambiábamos frases. En aquella época, era más la vergüenza de hablarlo que el no entenderlo, porque me defendía bastante bien a la hora de escribirlo y de escucharlo, pero hablarlo… eso era otro tema, aunque lo tenía que hacer por narices.

Finalmente cambié de trabajo y el inglés dejo de pertenecer a mi día a día. Os puedo asegurar que un idioma no es como montar en bicicleta que nunca se olvida, he vuelto a intentar estudiarlo, a recuperar lo que sabía, y todo y que sigo entendiéndolo bastante bien a la hora de leerlo, soy incapaz de entender cuando lo hablan (y más si son series americanas) y mucho menos hablarlo.

Según un estudio se trata de la plasticidad de las neuronas, que llegada una edad el cerebro empieza a dar prioridad a la estabilidad.

Hace unos años fuimos a pasar unos días con unos amigos a Londres y la única que entendía algo era yo, así que me dispuse a hacerme entender por los londinenses. Me parece increíble su pasividad y la poca empatía que demuestran hacia los extranjeros. Si no los entiendes es tu problema, ellos no se esfuerzan lo más mínimo. Y luego vienen ellos aquí y parecemos tontos esforzándonos por explicarles las cosas con gestos y con palabras sueltas en inglés para que nos entiendan. En fin, que cuando ya llegaba el momento de volver a casa es cuando yo empezaba a desenvolverme bien con el idioma.

Como de momento no veo viable irme a vivir a un país de habla inglesa que es la forma más segura de aprender el idioma (que ya me gustaría) lo único que me queda es seguir intentando aprenderlo con las aplicaciones que puedes encontrar por internet e intentar no morir en el intento.

Pero que como siga así, no descarto pasarme al chino que, quién sabe, a lo mejor aprendo antes.

¿Vosotr@s tenéis facilidad para los idiomas o sois de los míos?

Y cuando te quedas ojiplática…

Os prometo que no me imaginaba que a las alturas que estamos todavía quedara este tipo de gente, por llamarlos de alguna manera, sueltos.

Y quién lo iba a decir que después de la cantidad de controversia que genera este tema todavía existiera gente que fuera capaz de soltar esas palabras por su boquita y quedarse tan ancha. En la prensa los titulares son: «Anorexia, la moda es culpable o cómplice», «La moda prefiere esqueletos», «La moda impone la anorexia»… Es cierto que una parte de las marcas más conocidas ha empezado a ampliar las tallas en sus diseños, pero todavía queda mucho camino por andar.

Me explico, como creo que he comentado en alguna ocasión mi hija está estudiando para dedicarse al mundo de la música. Ella tuvo hace años problemas de alimentación que, por suerte, y después de mucho esfuerzo por su parte, ya ha superado, pero ese fantasma siempre queda ahí.

Toda ilusionada vio una publicidad de una agencia de castings que se llama BCNCasting que representa a modelos y cantantes. Envió un e-mail para pedir información y la llamaron.

En ningún momento le han pedido una maqueta de su voz ni nada parecido, lo primero que le han pedido son sus medidas. Pues bien, en el momento que les ha dicho que tiene una talla 38 la respuesta ha sido: «Mira bonita, para triunfar en el mundo de la moda o de la música o tienes una talla 34, 36 como mucho o vete olvidando. Así que ponte las pilas y pierde 10 kilos como mínimo para poder llegar a ser algo».

O sea, que da igual si cantas bien o si cantas mal, si eres guapa o si eres fea, lo importante es que estés anoréxica… yo es que todavía estoy flipando.

En fin, lo voy a dejar aquí porque si sigo, por mi boca solo van a salir lindezas, pero hay más de uno que tendría que pensar antes de abrir la boca, pensar en el daño que puede hacer a mucha gente y las consecuencias de sus palabras.

Y cuando te entra la frustración…

No hay nada peor que intentar conseguir un objetivo con toda tu ilusión y que por mucho empeño que pongas no lo estés consiguiendo.

Y quién lo iba a decir que algo por lo que nunca me había preocupado me iba a generar tanta frustración.

Por suerte o por desgracia nunca he tenido que preocuparme en exceso de mi peso. A pesar de llevar muchos años con problemas de tiroides nunca he tenido que controlar en exceso lo que he comido o he dejado de comer. Era de las que no se agobiaba por el tema y nunca me subía a una báscula. Podía subir o bajar un kilo, pero como iba o venía, pues eso no me preocupaba.

El problema es que desde que me hicieron la operación de corazón, por diferentes factores, mi peso ha subido una barbaridad, y cuando digo una barbaridad no exagero 😔

En fin, el tema está en que después de la última revisión me informaron que la operación no había salido del todo bien y para evitar volver a abrir, debíamos probar cosas, como perder peso. Hasta ahí todo bien, el problema viene cuando te dicen que de ejercicio nada de nada, aparte de caminar, que aumento de comida «verde» en la dieta tampoco porque se descontrola el sintrom… vamos, que ya me contaréis a mí como hacerlo.

Pues todo y con eso, ahí que me puse yo a caminar como una loca, a disminuir la ingesta de comida, evidentemente fuera azúcar, fuera patatas fritas (con lo que me gustan), venga a comer «realfood», venga a seguir consejos como cenar solo un yogur… y cuando llega el momento de subir a la báscula, después de mes y medio solo había perdido ¡300 gramos!

Que sí, que según la dietista debería estar supercontenta porque no había engordado y había perdido peso, poco, pero había perdido, pero a mí me entró una frustración en el cuerpo que no me quito de encima. Eso de esforzarme como me estoy esforzando y no ver resultados me martiriza, que ya sé que llegaran, pero el camino se me hace cuesta arriba.

Total, seguiremos intentándolo porque no queda otra y hay que mantener una actitud positiva que sino….

¿Vosotr@s también tenéis este tipo de frustraciones?

Y llegaron los 50…

A los 25 alguien muy querido me dijo: «un cuarto de siglo ya» y me sentó fatal. Resulta que ahora he llegado al Medio Siglo.

Y quién lo iba a decir que cincuenta años iban a pasar como un suspiro. Ya sé que es un topicazo, que siempre se dice lo mismo, pero mirando en retrospectiva, esa es la sensación que me queda.

Evidentemente ha habido momentos buenos y momentos no tan buenos, pero, será debido a mi mala memoria o a mi subconsciente, no me siento como si llevará 50 años en el mundo.

Pensé que llegar a esta edad sería algo más intenso, más… «Guau» pero ahora que estoy aquí simplemente es un cumpleaños más, un número más solo que cambia la numeración inicial.

Supongo que, al llevar una vida corriente, como la inmensa mayoría de los mortales, no hay nada que destaque estrepitosamente. Con esto no quiero decir que no esté contenta con mi vida, aunque me hubiera encantado destacar en algo que me hubiera hecho inmensamente rica y escribir estas líneas desde las Islas Seychelles tumbada en una hamaca en mi playa privada y bebiéndome una caipiriña.

He seguido el ciclo de la vida natural ese que se podía ver en la tele en el anuncio de una compañía de seguros que iban en una montaña rusa y pasaban por la infancia, la juventud, el matrimonio, los hijos, los nietos… A estos últimos todavía no he llegado que tengo solo 50. Ja, ja, ja, hace treinta años me dices que iba a decir «solo 50» y no me lo creo, en aquel entonces me parecía que eran personas «mayores» los que tenían esa edad y ahora, si me llaman Señora me mosqueo.

Pero tengo que reconocer que he tenido suerte, tengo un marido con el que llevo 30 años y aún nos aguantamos, dos hijos maravillosos que me sacan de mis casillas con sus mil y una historias, un labrador retriever que me quiere incondicionalmente y he sobrevivido a una operación a corazón abierto.

¿Se puede pedir más en esta vida?

Mi vida no es un camino de rosas, podría ser mucho mejor, pero también podría ser mucho peor así que, lo mejor que se puede hacer es disfrutar de lo que se tiene y vivir el día a día con la mayor ilusión posible.

¿Os animáis?

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